La amabilidad (que) salva el mundo


Un anciano y sabio colibrí que iba andando en bicicleta se econtró con un joven colibrí tendido en el suelo boca arriba con las patitas mirando al cielo.

—¿Qué haces con las patas en el aire? —le preguntó el viejo colibrí.

—He oído que hoy se caerá el cielo —respondió el joven.

El viejo colibrí se rascó la cabeza:

—¿Y crees que un pajarito de patas debiluchas puede impedir que se caiga el cielo? —Bueno, me vendría bien algo de ayuda —replicó el joven.

El sabio colibrí se encogió de hombros, se tumbó junto al joven y colocó sus patas en dirección al cielo. Ambos pasaron el tiempo riendo y bromeando hasta que un enorme y malhumorado elefante los interrumpió para explicarles que estaban perdiendo el tiempo; pero los dos nuevos amigos no le hicieron ningún caso.

Más tarde, apareció otro colibrí que decidió unirse a ellos y después un cuarto, un quinto y un sexto hasta que muy pronto se había formado una larga línea de colibrís con las patas mirando al cielo y riendo, cantando y contándose historias.

El elefante regresó al atardecer:

—¿Lo veis? No ha ocurrido nada. Todo esto ha sido una pérdida de tiempo.

Pero el primer pájaro tenía una visión diferente:

—¡Sí ha funcionado! —gritó, incorporándose y limpiándose— ¡Felicidades a todos!

Una vez logrado su objetivo, el recién formado equipo de colibrís concluyó que el día había sido todo un éxito. Volaron de vuelta a sus nidos en grupos de dos o de tres e hicieron planes para cenar, dormir algo y volver a reunirse al día siguiente para salvar de nuevo el mundo.

¿Cree el anciano y sabió colibrí que está ayudando al joven a salvar el mundo o decide hacerle compañía movido por su bondad? Solamente él puede saberlo pero, en todo caso, la bondad resulta beneficiosa para la salud y el bienestar tanto del que la ofrece como del que la recibe.

En el libro La ciencia de la felicidad, la Dra. Sonja Lyubomirsky, profesora de la Universidad de California en Riverside, explica que la bondad conecta a quien la da con quien la recibe y, por consiguiente, favorece que el primero vea en el segundo cualidades positivas que no había visto antes. Además, los actos bonadodso inspiran a los demás a ser también amables y mejoran su autoimagen, al sentirse altruistas y generosos. Los actos de bondad genuinos no necesitan ser anónimos ni grandiosos. Los más significativos suelen ser pequeños y estar encaminados a resolver algún problema específico, como prestar unas pinzas de batería a un desconocido cuyo coche no consigue arrancar o ayudar a otro pasajero del avión a colocar una maleta pesada en el compartimento del equipaje.

Durante siglos los meditadores han practicado hacer el bien al prójimo secretamente, deseándole buenos deseos en silencio.

Historia e ilustración del libro: Juegos mindfulness, de Susan Kaiser Greenland, editado por GAIA.


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