Vivir como una bestia, un demonio, un espíritu y un hombre en un día | Los 6 reinos de existencia

Chogyam Trunga Rinpoche fue un ejemplo clarísimo de intrepidez: a él le debemos una visión del Dharma cruda, fresca, viva, que si no fuera por la sabiduría y medios hábiles de un gran maestro como él, difícilmente hubiera llegado a nuestras manos y forma de entender el Dharma. Además, supongo que algo bueno habremos hecho en otras vidas porque, si bien no podemos tener a Trunga Rinpoche en vivo, Lama Norbu es un excelente médium de la visión y práctica trungpiana.


El tema que escogí es el de los seis reinos de existencia, pues creo que la perspectiva de Trungpa es fascinante por lo esclarecedora que resulta y porque nuestro sesgo materialista descansa más cómodamente en esta explicación de los seis reinos que las más tradicionales. Aun así, al final intentaré justificar por qué la visión ortodoxa de los seis reinos es absolutamente útil y necesaria.

Rueda de la vida
Representación tradicional de la rueda de la vida en una thangka tibetana

Trungpa Rinpoche empieza señalando que los seis mundos se dan porque “nos instalamos en una versión particular de la realidad”. Así, nuestra necesidad de fijar aquello que conocemos y que nos resulta familiar desemboca en que acabemos aprisionados entre las paredes de nuestras neurosis e inseguridades, en vez de abrirnos al espacio despierto. Nuestra intolerancia a la certeza de la incerteza nos maniata al sufrimiento y la confusión. Desde esta perspectiva es cómo Trungpa Rinpoche hablará de los seis reinos de existencia: el de los dioses, el de los dioses celosos, el de los humanos, el de los animales, el de los fantasmas hambrientos y el de los infiernos. Para el maestro, no son planos exclusivos de un tipo de seres, sino que un individuo puede transitar todos los reinos de existencia en un solo día, en tanto que representan actitudes mentales.


El reino de los dioses es aquel que tiene como principio básico la fijación mental, literalmente: “una abstracción meditativa basada en el ego, en el materialismo espiritual”. Según mi punto de vista, Trungpa se refiere a este estado de dos formas: como un obstáculo en el camino espiritual propio de los practicantes más avanzados, y como el estado mental de aquellos que, aun sin haberse adentrado en el camino espiritual, se distraen con lujos, placeres, bonanza, etc., y no emplean su tiempo de vida en practicar.


En cuanto al primer tipo de individuos, describe su proceso a partir de distintas formas de fijar la experiencia y el desarrollo espiritual. Por una parte, el practicante corre el riesgo de apegarse a los frutos de la práctica. Para mí tiene cierto paralelismo con el prerrequisito para la práctica de samatha de “descartar el ajetreo de muchos proyectos”. A la vez, también lo explica como apegarse a una técnica o práctica en sí. En último lugar, también parece apuntar a estancarse en un estadio de realización profundo, pero no último.


En cuanto al segundo tipo de individuos, Trungpa habla de aquellos que quedan deslumbrados por una vida hedonista, abocada al placer, tremendamente confortable, que viven como si el tiempo no pasara para ellos. Cada nuevo paso por la vida es una aventura, una oportunidad para entretenerse.


Tanto los individuos que he descrito antes como los que acabo de referirme, si bien tiene una existencia bastante tranquila y relajada, sufren porque, como dice Trungpa Rinpoche, “el dolor proviene de la desilusión final”. Estos individuos se dan cuenta, más tarde que temprano, que ninguno de los estados adquiridos o disfrutados permanecerá. Entonces una cierta sensación de desamparo, de timo, inunda a estos seres.


Representación atípica de una rueda de la vida, más afín a la presentada por Trungpa Rinpoche

El segundo reino es de los dioses celosos o los asuras; según Trungpa Rinpoche, en este plano lo que abunda es la paranoia. Interpreto la explicación del maestro como una actitud de desconfianza perenne hacia los demás, pues todos pueden convertirse en rivales de forma potencial -si es que no lo son ya, según el asura. Es también el terreno propio de los intelectuales arrogantes, que se vanaglorian por los universos conceptuales que habitan y que tan solo ellos pueden descifrar, sin darse cuenta de que son tan frágiles como un castillo de naipes. En realidad, desearían el confort y la indiferencia de los dioses, pero un malestar perenne, un no quererse como se es, la sospecha de sí y de los demás, les mantienen insomnes.


En cuanto al mundo de los animales, el maestro define el tono de este ámbito con la estupidez y, más específicamente, la ceguera que se da cuando uno “persigue tozudamente objetivos determinados”, sin ningún tipo de flexibilidad, es decir, de sentido del humor. Además, hay cierto sentido de aborregamiento, de seguir lo que sea que nos propongan sin calibrar los daños que podamos ocasionar. Básicamente, es la incapacidad de empatizar, de ver más allá de nuestro punto de vista. Me imagino una araña incapaz de saber qué siente un ciervo, o como un hipopótamo enorme y torpe que apisona ahí por donde pasa.


En cuanto a los pretas o el mundo de los fantasmas hambrientos, el principio que lo define es el de la pobreza: uno mismo es un agujero insaciable, en el que nada satisface plenamente, y ansiamos constantemente aquello que no poseemos. Es una mentalidad voraz, que arrasa con lo que se presente; también consumista y materialista: siempre necesita tragarse algo, ya sea espiritual, intelectual, sensual, etc., y que quede constancia de ese gesto. El preta nunca tiene suficiente, es la definición clara de aquella metáfora budista según la cual una persona sedienta cree que solventará su sufrimiento bebiendo de un vaso de agua salada. En este sentido, el fantasma hambriento puede entenderse tanto como el sentimiento de pobreza espiritual del que habla Trunga Rinpoche en más de una ocasión.


Chogyam Trungpa Rinpoche
Chogyam Trungpa Rinpoche

Por último, el maestro habla del mundo de los infiernos, donde lo que predomina es la agresión. Es un estado mental de absoluta enajenación: imagino una persona que, intentando alcanzar la miel de un enjambre, intenta ahora zafarse del enjambre de abejas enfurecidas que lo están atacando: ¿quién agrede a quién? Al individuo del mundo de los infiernos le acompaña una sensación de agresión constante, en la que cada gesto que se activa para paliar la sensación de ofensa implica agredir al otro o magnifica la sensación de estar siendo atacado por los demás.

Es un mundo relacional, siempre se da en interacción con los demás, aunque estos estén simplemente en nuestra cabeza. Sin embargo, en cierto punto, uno se da cuenta de que no había un otro que ofendiera: nos encontramos de pleno con nuestra propia agresión agrediéndonos a nosotros mismos. Ahí una especie de escalofrío existencial nos invade, pero tan solo sabemos abandonar esta desagradable sensación volviendo a activar el odio.


Esta es la perspectiva de Trungpa Rinpoche acerca de los seis reinos, que resulta muy parecida a la que expone Dzongsar Khyentse Rinpoche en Vivir es morir. En la descripción de Khyentse, se habla por ejemplo de los infiernos como pasear por un jardín de rosas y percibirlo como un terreno de arbustos espinosos; de los pretas como un ricachón incapaz de invitar a una cena; de los animales como el tipo de persona incapaz de darse cuenta qué sucede más allá de sus narices, que carecen de empatía, y que celebra su insensibilidad: no se sienten mínimamente afectados porque estén hirviendo una langosta en el agua para nuestra comida; habla de los asuras como de la persona perennemente celosa y crítica con los que tengan cosas mejores que él o ella misma; y del reino de los dioses marcado por el tono del orgullo y la soberbia de quien se cree eternamente acomodado.


Vivir es morir libro
Vivir es morir, de Khyentse Rinpoche

Sin embargo, Dzgonsar Khyentse Rinpoche distingue claramente el reino de los humanos, como se hace tradicionalmente, cosa que no hace Trungpa Rinpoche. Creo que el kagyupa presenta los reinos de existencia desde esta perspectiva para enfatizar que todos los reinos son transitados por los humanos, mientras que Khyentse Rinpoche emplea su descripción para hablar específicamente del mundo de los humanos pues resulta el óptimo para la práctica espiritual: ni tan cegados por los placeres ni ofuscados por el sufrimiento como para no comprometernos con el Dharma.


Ahora bien, ambas perspectivas chocan con la tradicional; algunos de nosotros ya la conocemos por La Triple Visión, aunque también se puede acceder a ella en el Libro tibetano de la muerte. Desde una perspectiva más ortodoxa, estos mundos se describen no a título psicológico, sino ontológico: son planos que coexisten junto con el nuestro. Las descripciones de cada uno de los reinos son muy pormenorizadas, y para el occidental escéptico rozan la fantasía: por ejemplo, los pretas se describen como una especie de ente hambriento, con un cuello pequeñísimo y un estómago gigante, por el que todo lo que se consume se extravía. En el infierno, ya sea el helado o el caliente, se detallan distintos tipos de sufrimiento y dolores atroces, con nomenclaturas concretas, incluso: como por ejemplo, el Infierno helado de “brrrr”.


Claro que para los budistas lo ontológico, es decir, lo que es, el mundo del ser, y lo psicológico, esencialmente, no presentan ninguna distancia. Recuerdo que una vez S.S. Gongma Trichen hablaba en unas enseñanzas de los infiernos y señaló que muchas personas escuchan de forma incrédula estos relatos, como si se tratara de un mero ejercicio imaginativo; estas mismas personas, sin embargo, caían en las garras de sus propios sueños y de su vigilia, creyendo que todo lo que sucedía era igualmente real y sólido. Creo que tiene sentido señalar que lo mejor que nos podría pasar es que creyéramos a pies juntillas la propuesta tradicional, pues precisamente de lo que adolecemos la mayoría es de la capacidad de tomarnos en serio la urgencia de practicar. Hay algo del miedo a la furia y al castigo de Dios del medievo que es imprescindible en tiempos de escepticismo espiritual.


Así, si uno atiende a una explicación ortodoxa sobre los reinos de existencia y duda suficientemente de su criterio -es decir, se ha expuesto a la falibilidad de sus proyecciones y ha entendido, aunque sea mínimamente, la tendencia a reificar de nuestra mente-, puede utilizarla para desarrollar renuncia. De hecho, este es el propósito de este tipo de enseñanzas, ya sean trungpianas u ortodoxas: que aborrezcamos hasta el horror los estados mentales que transitamos que, sin ningún tipo de entreno ni control mental, pueden convertirse en experiencias tan vívidas como la tierra que creemos estar pisando ahora mismo.


***


Este breve artículo es de una estudiante del Grupo de Estudios Budistas de Casa Virupa. Forma parte de una presentación que Lama Norbu encomendó a los estudiantes sobre algún tema de la obra El mito de la libertad.

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