No olvides la impermanencia - Chagdud Tulku Rinpoché

«De nuevo, no ignores la impermanencia. Lo que parece prioritario en su vida es, en realidad, bastante temporal. Viene y va. Nada es fiable.


Nacemos solos y desnudos. A medida que nuestra vida se desarrolla, pasamos por todas las posibles situaciones: necesidad, posesión, perdida, sufrimiento, lloro, intento… pero después morimos, y morimos solos. No importa si somos ricos o pobres, conocidos o anónimos. La muerte es la gran niveladora. En un cementerio todos los cuerpos se parecen.


Nuestra relación con los demás es como un encuentro casual de dos extraños en un estacionamiento. Se miran mutuamente, se sonríen el uno al otro y esto es todo lo que ocurre entre ellos. Se van cada uno por su lado y ya no vuelven a verse nunca más. Así es la vida: un momento, un encuentro, un paisaje, y después se acaba.

Si lo entiendes, no hay lugar para pelearse. No hay tiempo para discutir. No hay tiempo para hacerse daño unos a los otros. Ya sea que lo pienses en términos de humanidad, de nación, comunidad o individuo, no hay tiempo para nada que no sea disfrutar verdaderamente de la breve interacción que tenemos entre nosotros.


Nuestras prioridades mundanas pueden ser irónicas. Ponemos en primer lugar aquello que pensamos que es lo que queremos más y luego descubrimos que nuestro deseo es insaciable. Pagar la casa, escribir un libro, conseguir que nuestro negocio tenga éxito, prepararnos para la jubilación, hacer grandes viajes… cosas que ocupan temporalmente el primer lugar de nuestra lista de prioridades, que consumen nuestro tiempo y nuestra energía al completo y que luego, cuando nos encontramos al final de nuestra vida, miramos para atrás y nos preguntamos qué es lo que significaban.


Es como alguien que viaja a un país extranjero y paga todo el viaje con la moneda de aquel lugar. Cuando llega a la frontera, se sorprende al descubrir que no puede cambiar la moneda ni llevarla consigo de vuelta a casa. De la misma manera, nuestras posesiones y adquisiciones mundanas no pueden traspasar el umbral de la muerte. Si confiamos en ellas, de repente nos sentiremos empobrecidos y desvalijados. La única moneda que tiene valor cuando viajamos por el filo de la muerte es nuestra realización espiritual.


En sentido mundano es mejor sentirnos satisfechos y apreciar aquello que ya tenemos. El tiempo es muy valioso: no esperes a estar muriendo para comprender tu naturaleza espiritual. Si lo haces ahora, vas a descubrir que posees una bondad y una compasión que desconocías. Y es desde esta mente de compasión y sabiduría intrínseca que puedes beneficiar a los otros.



El progreso espiritual comienza cuando decidimos tener cuidado. Si te pones en el lugar del otro vas a comprender cómo llega a ser de destructivo herir o matar a cualquier ser, aunque sea un insecto. Todos los seres quieren vivir. Si cuidas a los otros desde esta perspectiva estarás también cerrando las puertas a tu propio sufrimiento.


La mente es como un microscopio: lo amplia todo. Si te criticas a todas horas “soy tan pobre, no soy lo bastante alto, mi nariz es demasiado grande”, concentras tu atención en tus defectos y miserias, de modo que lo único que van a hacer es empeorar hasta que, fruto del desespero, estés dispuesto a renunciar a todo.



En vez de decir “me siento detestable, ¿qué puedo hacer?”, piensa en el sufrimiento de los demás y genera compasión. Es realmente muy importante ver este sufrimiento: prestar atención al atormentado cajero del banco, al anciano pálido y cansado que arrastra los pies por la calle, al niño que llora infeliz. Observa la profundidad del sufrimiento y a partir de allí redimensiona tu propio sufrimiento. Los demás están enfermos, están inmersos en la guerra y en el hambre, están muriendo.


La compasión es el deseo fervoroso de que todos los seres sin excepción se liberen del sufrimiento; desde tu peor enemigo hasta tu mejor amigo. Para desarrollar una compasión genuina que los incluya a todos primero puedes ejercitarla con aquellos que son próximos a ti, luego extenderla a los desconocidos y finalmente a todos los seres de todo el espacio.


Después direcciona tu deseo a su felicidad. Como la felicidad bebe exclusivamente de la virtud, desea que cualquier felicidad que los demás puedan haber alcanzado, fruto de sus virtudes pasadas, nunca se pierda o disminuya, y que pueda aumentar siempre hasta alcanzar una felicidad infinita e inmutable. Este deseo de la felicidad de los otros es el verdadero significado del amor. Regocijarse de cualquier grado de felicidad que los otros puedan experimentar trae una alegría ilimitada a nuestra propia existencia.



Reconoce siempre la calidad onírica de la vida y reduce el apego y la aversión. Practica el buen corazón hacia todos los seres. Sé amoroso y compasivo, independientemente de las acciones de los demás. Lo que hagan o dejen de hacer no importa mucho cuando lo ves todo como si de un sueño se tratase. Este es el punto esencial, la verdadera espiritualidad.


Si vistes hábitos, te afeitas la cabeza y rezas de rodillas todos los días, pero cada vez sientes más rabia y eres orgulloso, rígido y difícil de lidiar, no estarás practicando espiritualidad. Necesitas practicar la esencia, que no es otra que la compasión y el amor altruista, y a partir de ésta intentar ayudar a los otros lo mejor que puedas. Utiliza todos tus recursos de cuerpo, habla y mente. Este es el método. Seas cristiano, hinduista, judío o budista, la compasión y el amor son los mismos.


La victoria sobre los fracasos y los engaños conduce a la victoria sobre la muerte. Mi deseo para cada uno de vosotros es que alcancéis las cualidades de compasión y sabiduría y el estado supremo e inmortal iluminación».



Fragmento extraído del libro Vida y muerte en el budismo tibetano de Chagdud Tulku Rinpoche


Artículo traducido del blog Sobre Budismo, Brasil.

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